Dicen, que hay personas que nacen con estrella y otras nacen estrelladas. Y tú, naciste estrellada. Pero fuiste una luchadora.
Corrían malos tiempos en 1918, y naciste en una familia demasiado pobre, tanto que ni siquiera te pudieron ofrecer una educación, desde bien pequeña tuviste que trabajar y cuidar de tus hermanos y no pudiste permitirte el lujo de ir a la escuela.
Parecía que la suerte te sonreía cuando le conociste. Era guapo y de familia adinerada. Estábais tan enamorados... Pero la guerra civil os separó, él murió en la guerra y se te rompió el corazón.
Pero entonces encontraste a otro hombre que enmendó los trozos y que te hacía feliz. Tus padres no aprobaban esa relación, no le creían lo suficientemente bueno para ti, y además venía de una familia tan pobre como la tuya.
Luchaste por vuestro amor, y decidiste fugarte con él. Vivir en pecado. Hasta que os casastéis. Os casastéis porque te habías quedado embarazada, y en aquellos tiempos, no era de buen ver mantener relaciones sin haber matrimonio. Deprisa y corriendo organizastéis la boda, y después falsificaste todos los papeles para que cuadraran las fechas. Para que hubiese más de 9 meses entre la boda y el nacimiento de tu primera hija. Para que nadie se diera cuenta del pecado que habías cometido.
Y entonces, el hombre de tu vida cambió. Tuviste que soportar sus palizas día sí y día también, sus amenazas, sus borracheras... Tuviste que trabajar día y noche para tener algo más de dinero que él no se gastara en vino y poder dar de comer a tus hijos. Te quedabas sin comer días enteros si hacía falta para que tus hijos no pasaran hambre. Alimentar a 8 hijos y a tu marido no era nada fácil. Vivíais en la más absoluta miseria.
Y fuiste fuerte. Muchas veces pensaste en abandonar, en tirarte al vacío y librarte de sus garras, no tener que dormir con una escopeta pegada en la cabeza, una escopeta que te apuntó tantas veces y que seguro que hubiera sido más fácil si se hubiera atrevido a apretar el gatillo.
Pero fuiste valiente y siempre sacabas fuerzas para seguir adelante, para levantarte y seguir.
No podías escapar, no podías abandonarle, abandonar a tu marido también estaba mal visto, y ¿a dónde ibas a ir si no tenías nada?
No pudiste brindarles a tus hijos unos grandes estudios, pero sí los suficientes para que no fueran analfabetos, como tú. A los 14 años, tenías que ponerlos a trabajar. Te hubiese gustado que se hubiesen convertido en médicos, profesores, en algo importante, en vez de mandarlos a cualquier obra o empresa de mala muerte, o a limpiar casas. Pero era tan necesario el dinero...
Y después, uno a uno, fueron casándose, dándote nietos... Dándote felicidad, y algún que otro disgusto.
Caíste enferma, tus pulmones te jugaban malas pasadas y cuando llegaban los inviernos los pasabas en el hospital, ahogándote, debatiéndote entre la vida y la muerte, pero siempre supiste salir adelante, sacando fuerzas de la nada.
Y llevabas toda tu vida deseando que él se muriera, pero cuando lo hizo, lloraste. Porque en algún tiempo le quisiste.
Después estabas demasiado vieja para seguir viviendo sola y empezaron a hacerse turnos entre tus hijas (el único hijo que tenía desapareció hace años y nadie ha vuelto a saber de él) para que fueras con ellas durante cortas temporadas, lo cual fue motivo de múltiples riñas, ya que la mayoría no querían hacerse cargo de tí. Después de todo lo que hiciste por ellas y tener que aguantar eso. Tener que ver cómo se tiran de los pelos (literalmente) porque no quieren tenerte, tener que oír "o vienes esta tarde a llevártela o la dejo en la calle", tener que aguantar malas caras y reñegos. Tan sólo eras feliz en un par de casas, y al final dijiste "ya basta" y pediste que te llevaran a una residencia. Siempre te habías negado a ir a una, nunca te gustaron y querías estar con tus hijas antes que con desconocidos, pero... al final comprendiste. Comprendiste que un hijo nunca querrá a su madre como una madre puede querer a sus hijos, y que estabas molestando. Te buscaron una buena residencia, y parecías más feliz que nunca.
Pero la felicidad poco iba a durar. Una noche te pusiste muy enferma, empezaste a vomitar sangre. Tuvieron que transfundirte 3 litros de sangre. Tenías un cáncer, un cáncer de estómago que ya se había extendido por todo tu cuerpo. Por tu hígado, por tu bazo, por tu linfa, por todo, no había nada qué hacer. No te dijeron qué te ocurría, te dijeron que tenías una úlcera. Pero intuías que te ocultábamos algo, sabías que te morías.
Tenía que haber alguien contigo las 24 horas y empezaron otra vez las peleas, ni sabiendo que te morías, tenían piedad. Yo siempre iba a quedarme contigo los ratos que podía, pasaba mañanas o tardes enteras a tu lado, y me iba llorando cuando te dejaba diciendo "luego vendrá alguien" y tú preguntabas a quién le tocaba y no te sabía responder. Nadie quería ir, todos tenían cosas mejores qué hacer, y tú me decías apenada "que hagan lo que quieran, soy su madre y ellas mis hijas". Más de una tarde te quedaste sola, y por las noches mandaban a una desconocida, porque siempre es mejor dormir cómodo en tu cama que estar con tu madre mientras se muere (tono irónico por si no se nota).
Y tuviste días muy malos, y días muy buenos. Aunque el dolor del estómago empeoraba cada vez más y ni siquiera la morfina bastaba.
Y aún así, luchaste, luchaste hasta el final. Te dieron una semana, y aguantaste un mes. Siempre luchando.
Y aquella noche, lo supiste, supiste que era tu fin. Y llamaste al médico y le dijiste "por favor, llame a mis hijas porque quiero morir entre ellas".
Hoy hace una semana que te fuiste, y aún lloro por las noches. Aún no he asimilado que ya no vaya a ir más a verte, que ya no te daré la comida ni te cogeré de la mano durante horas mientras me cuentas tus historietas.