Tengo un defecto muy grande. O quizás sea una mala costumbre.
El caso es que muy pocas veces me cabreo. Claro que hay cosas que me molestan, o que me sientan mal, pero sé muy bien cómo digerirlas, cómo tragarlas sin que me incomoden. El problema es que no sé hacer que desaparezcan. Y es un gran problema. Porque se quedan tanto tiempo dentro de mí que al final empiezan a podrirse y a resultar indigestas. Unas se pudren antes que otras, pero al final todas apestan, se amontonan unas encima de otras, crean una montaña de podedumbre, y un buen día, tengo que vomitar. Porque, o vomito, o me pudro yo también.
Y cuando vomito, todo se convierte en un caos. Es como una violenta explosión de sentimientos, que primero suelen ser de ira y rabia, y luego se mezclan con la decepción, hasta confundirse con la tristeza. Grito, me vuelvo violenta, lloro, el mundo se me antoja mi mayor enemigo y soy capaz de destruir a quien se me ponga por delante, porque entonces, sí que me cabreo. Me enfado por todas las pequeñeces, por todas las minúsculas partículas que forman la montaña podrida.
Y ahora mismo, tengo miedo. Porque algo huele a podrido dentro de mí, y pronto empezaré a sentir naúseas.
1 comentarios:
Lo ideal es hacer un lavado continuo de sentimientos hacia afuera para que no se acumulen y salgan de forma tan explosiva.
Pero esto es a veces dificil sobre todo cuando tendemos callarnos las cosas.
Creo que a mí a veces me pasa igual, y creo que es por el caracter o personalidad.
Pués nada, vomita todo lo que tengas que vomitar y límpiate por dentro, hasta que empieces oler a a aire puro.
Publicar un comentario en la entrada