Hay tantas cosas que me recuerdan a la casa de mis abuelos... Últimamente me da por pensar mucho en ella, me vienen muchos recuerdos, y la añoro, me gustaría poder volver.
Era la típica casa de pueblo, y me encantaba. Era enorme, fría y oscura. Me gustaba colarme en el piso de arriba, aunque me daba miedo. Todo estaba oscuro, y no había mas que habitaciones y habitaciones, con un montón de camas y camas, y es que habiendo tenido ocho hijos... No había calefacción, simplemente una estufa de leña en la cocina, y en invierno podías congelarte si te quedabas en el recibidor.
Recuerdo que íbamos todos los sábados a pasar el día con mis abuelos. Mi abuelo siempre nos guardaba un paquetón enorme de “sugus” a mi hermana y a mí, a veces incluso iba de propio a comprarlos en su furgoneta azul en cuanto llegábamos. Tenían una perra, no sé de qué raza era, era blanquita y pequeña, con el pelo muy rizado. Con el tiempo tuvo dos cachorros, uno lo regalaron y el otro se lo quedaron. Le pusieron de nombre “Luna”. La madre era ya muy vieja y se empezó a quedar ciega. Nunca se me olvidará el día aquel en que estábamos en la calle, y la perra fue a entrar a la casa y se estrelló contra la pared. Murió un día de primavera y la enterramos en el corral.
Mi hermana y yo jugábamos a cabrear a mi abuelo quitándole la boina y escondiéndosela. Le sabía realmente mal, no quería que nadie le viera la cabeza completamente calva y se enfadaba con nosotras cada vez que se lo hacíamos.
Luna me quería un montón, se me tiraba encima cada vez que iba. Además, me ayudaba a comer; disimuladamente le echaba la verdura por debajo de la mesa y se la comía. Al rato me daba con la pata en la pierna pidiéndome más. Adoraba a esa perra.
Me gustaba salir al corral y jugar con los barriles de vino que tenía mi abuelo. Me gustaba que apareciera mi prima con su moto y nos llevara a dar una vuelta. Me gustaba colarme en el corral de la vecina de enfrente para ver las gallinas y los pollos. Me gustaba estar con mis abuelos.
Mi abuela al final cayó enferma, y no le quedó más remedio que empezar a instalarse en casa de sus hijas, porque ya no era capaz de valerse por sí misma. Mi abuelo quedó allí solo, pero también enfermó rápidamente, y unos meses después murió. A Luna se la quedó mi prima, aunque tampoco duró mucho. Creo que murió de tristeza.
No hemos vuelto a ir desde entonces, y de eso hace ya cinco años.
Ahora ya sólo es una casa abandonada, a punto de derrumbarse, con las puertas y las ventanas tapiadas. Pero en su interior, estarán guardados siempre mis recuerdos.
1 comentario:
En mi caso esa casa era la casa de mi yaya (una manera de decir abuela que tenemos aquí en Asturias y creo que en otros lugares también). Era una casita con huerto a las afueras de Oviedo donde ella vivía su vida tan ricamente (tal vez un poco sóla, aunque íbamos muy a menudo a verla, su hijo siempre que podía). A veces por llenazo del hogar principal recuerdo que tuve que dormir algún tiempo en esa casa al cuidado de mi yaya, y los recuerdos que tengo son muy largos para contarlos aquí, pero había un pastor aleman del que me acuerdo muy poquito porque murió siendo yo muy joven y una gata un poco arisca pero a la que yo conseguía siempre convencer que se frotara en mis piernas y se dejara mimar. Ya no hay perro, ni gata, ni yaya, ni casa (expropiada y derribada, ahora la zona es un barrio residencial de próxima apertura). Aunque claro, lo que más pesa siempre es la pérdida de la persona que habitaba esa casa...
Un beso muy fuerte.
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