Entre aquellas cuatro paredes amarillentas, sentada en aquel sillón negro, como otras tantas tardes a lo largo de tanto tiempo, estaba yo. Pero aquella vez era diferente, lo sabía. Aquella era la penúltima vez que iba a estar allí. La penúltima. Quizás la penúltima de toda mi vida, o quizás la penúltima de una larga temporada. Pero fuere como fuere, aquella era una semidespedida, y tenía ganas de llorar.
Aquella había sido casi como mi casa. Me sabía cada rincón, cada cuadro colgado en la pared, cada libro de la estantería, cada marca en la pared...
Siempre me gustaba mirar por la ventana. Se veían las ramas de los árboles moviéndose al compás del viento, meciéndose y dando cobijo a los pajarillos. Me gustaba mirar aquel cuadro, aquel que representaba una calle francesa con su típica cafetería del siglo XIX. Siempre había algún detalle que se me había escapado en la vez anterior. Y aquellas estanterías repletas de libros de todos los autores y de todos los temas y géneros. Cada vez que iba allí, había un libro nuevo. Y en aquella penúltima vez, el libro nuevo, era de Borges. Me gustaba Borges.
Aquel día debería haber sido alegre para mí, pues significaba dejar atrás una gran parte de mi pasado, un pasado que no me gustaba. Aquel día significaba que había conseguido empezar una nueva etapa en mi vida y cerrar otra que sólo me había hecho daño y que preferiría haber olvidado, o simplemente, no haberla vivido. Sin embargo, aquel día era triste, estaba ligada a aquel lugar y me costaba irme de allí.
Aquella era mi penúltima vez, y cada vez que lo recordaba, me entraban grandes ganas de llorar, como una niña pequeña cuando no quiere que su mamá se vaya, cuando no quiere estar con otra persona que no sea su mamá. Pero no podía permitirme llorar allí, aunque aquellas paredes ya me habían visto llorar demasiadas veces, pero aquella vez no quería, en la penúltima no.
Quería salir de allí corriendo, mis ojos empezaban a humedecerse y tenía un nudo en la garganta que me ahogaba. Y a la vez no quería irme de allí, o sí, pero no con esa sensación de vacío y tristeza.
Finalmente, conseguí dirigirme hacia la puerta con una media sonrisa, bastante fingida, pues debía aparentar estar bien. Al salir, respiré hondo y guardé fuerzas para la última vez. Aquella sólo había sido la penúltima, sólo la penúltima.
2 comentarios:
Siempre cuesta dejar algo atrás asi que...¡Te mando fuerzas para la última vez! ;)
P q exactamente la penúltima vez? pienso q nunca se sabe no? Aún en ocasiones haber vivido momentos tristes, pero supongo q tb habría alegres y es normal q sientas añoranza... piensa q ahora permanecerá en tu recuerdo.
besos
Publicar un comentario