La vida es un teatro y yo soy dueña de mi propia función. Nada es lo que parece.
Tengo mil máscaras que lucir, y ninguna es real, ¿para qué? A mí me gusta fingir.
¿Por qué? No lo sé, algunos dicen que tengo el corazón de piedra, otros que es demasiado sensible como para abrirse, y otros simplemente, que no tengo corazón.
Sólo sé que me he pasado la vida interpretando mi papel, y ahora no sé abandonarlo.
Siempre envolví mi tristeza con una amplia sonrisa y oculté mi dolor con una cara enfadada. Destrocé a la decepción con cara de sorpresa, y disfracé las lágrimas con risas y carcajadas.
Quizás sea buena actriz. Aunque nadie se quede para comprobarlo.
Porque en cada escenario, conocí a mucha gente. Gente que no valen nada. Algunos también eran actores, otros simplemente meros espectadores, otros pasaban por ahí y se tropezaron conmigo. Pero ninguna de esas personas era auténtica. Al final de la función ya se habían ido, no habían querido verla acabar, habían salido corriendo sin dejarme acabar.
Y allí me quedaba yo, aplaudiendo para mí, ante un teatro vacío. Ante un corazón vacío. Ante una vida vacía.
Al final estaba yo sola, y cuando me metía en la cama, tan falta de calor, dejaba de fingir y entonces lloraba, lloraba hasta reírme de mí, hasta quedarme sin fuerzas y caer dormida en un sueño en donde yo no era yo y el cielo no era azul.
1 comentario:
No sé qué decirte... Todos tenemos nuestras máscaras, es algo que no podemos evitar. Incluso hay quien se refugia en las de los demás para no crearse una propia.
Pero tú vales más que eso, estoy segura al 100% de que tienes unos espectadores incondicionales esperándote en el camerino con flores. Sí, sí, en tu camerino, el lugar donde dejas de representar tu obra. Sólo que si te quedas en el escenario mirando las butacas vacías no podrás verlos.
1beso!
PD: me ha recordado un poco a "La herida" de Héroes
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