18.3.15

Las palabras son peligrosas pero el silencio lo es aun más

Al final, el problema de que las relaciones humanas se vayan a la mierda, se puede resumir en una sola cosa: falta de comunicación. Claro que esto implica un trasfondo de otra serie de cosas como pueden ser la pérdida de confianza, el orgullo o el miedo. Sí, el miedo a no ser aceptados por la otra persona, el miedo a ser sinceros o mostrarnos tal como somos. Y mientras tanto, se va formando una atmósfera de sentimientos encontrados, de mentiras, de hipocresía, que poco a poco van mermando todo lo positivo que en un principio había en esa relación. 
El otro día vi un capítulo de una serie que me hizo pensar sobre esto. Era un matrimonio que durante años habían sido muy felices, un equipo extraordinario, pero tras una serie de problemas, habían decidido que la mejor manera de solucionarlos era asesinarse mutuamente, así que contrataban a unos sicarios. No era hasta que el protagonista, que intentaba salvarlos, los encerraba y los obligaba a hablar, que ponían sus sentimientos sobre la mesa y se daban cuenta de que estaban totalmente equivocados en absolutamente todo. Que habían malinterpretado todos los actos, todas las palabras y todos los hechos. Que lo que a uno le parecía dejadez, para la otra persona era dolor, que lo que para uno era orgullo, para el otro era culpabilidad; y así, por no hablar y enfrentarse a los problemas, por creer que sabían lo que el otro pensaba y sentía, y malinterpretar cada una de las palabras y actos del otro, se habían llenado de odio hasta que no habían encontrado más salida.
En la vida real, quizás sea un poco exagerada la situación y no habría acabado más que en un divorcio donde intentaran joderse la vida mutuamente, pero me pareció un perfecto reflejo de lo que suele suceder en nuestro día a día.  Tenemos miedo a enfrentarnos a los problemas y creemos saber lo que le pasa a la otra persona cuando en realidad no tenemos ni idea. No paramos de suponer y suponer, nunca preguntamos porque tememos escuchar lo que no queremos escuchar, y sin motivo, pero no queremos dañar nuestro orgullo y al final nos encerramos en nosotros mismos, perdiendo, seguramente, a una gran persona. Es triste, pero es que los seres humanos somos gilipollas. 

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