28.5.17

Acepté como normales cosas que no lo eran, porque creía que sí lo eran. Y acepté otras que, sabiendo que no lo eran, creía merecerlas. Siempre me hacía creer que era peor de lo que en realidad era. Y yo, que cada vez me iba haciendo más pequeña, llegué a creer que era aquella bruja que tanto le gustaba decirme que era. Llegué a creer que merecía cada uno de sus desprecios y de sus hirientes palabras, y los aceptaba sin más, sin pensar. Acabé convirtiéndome en un monstruo lleno de ira y rabia, de odio hacia mí misma. Me convertí en la peor versión de mí misma, y fue fácil dejarme envolver por su frialdad y su veneno, era reconfortante no sentir nada, absolutamente nada, y vivir como una autómata, como alguien que ha sido programado para hacer día tras día lo mismo, sin cuestionarse nada, siendo un completo robot.

Pero un día tropecé y me caí. Y todo se rompió. Me rompí yo, y se rompió mi mundo. Y vi que nada era como debía ser. Ni siquiera era como yo creía que era. Y en ese momento comprendí que no merecía aquello, y que quien debía amarme era yo. Dejé de odiarme. Me levanté y me marché sin mirar atrás, me fui a comenzar a quererme. Y entonces los engranajes empezaron a girar.

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