Despierto y miro a mi alrededor. Sólo vislumbro muros y empiezo a correr, no logro hallar la salida, me pierdo, todo está oscuro y empiezo a pensar que estoy en un laberinto. Doy vueltas y más vueltas, hasta que al final estoy tan exhausta que me rindo, me paro en seco y grito. Sólo grito, más y más fuerte.
Quiero gritar hasta que todo este dolor salga de mi interior. Quiero gritar y que el viento se lleve todo lo que me hiere, todas las ilusiones perdidas, las promesas vacías, las caricias ya rotas, los besos que ya no significan nada. Quiero que el viento se lleve lo que ya no tiene sentido, el amor reducido a cenizas, las noches de sueños truncados, las palabras huecas...
Y grito, grito tan fuerte que enfado a los dioses y una tormenta se cierne sobre mí. Y deseo que la lluvia me borre las huellas que has dejado en mi piel, todos los recuerdos de lo que un día quisimos ser y nunca seremos, toda la angustia que emana de cada poro de mi piel. Que la lluvia ahogue este grito que me está desgarrando por dentro.
Y vuelvo a mirar a mi alrededor, miro bien y a pesar de la lluvia empiezo a distinguir el lugar en el que me encuentro, es una jaula. Una triste y vacía jaula, de la que quiero liberarme, pues al otro lado de los barrotes distingo rayos de sol. Pero no tengo suficientes fuerzas para escapar de aquí, estoy atrapada en la propia jaula que un día yo construí, y de la que ya no sé salir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario