Queremos lo que tenemos y lo que no podemos tener. Y queremos más. Porque nunca es suficiente.
Jugamos. Convirtiendo la fantasía en realidad, y la realidad en espejismos. Ocultándonos tras disfraces y exhibiendo sólo nuestras plumas de colores.
Creemos conocernos. Pero no tenemos ni idea de quiénes somos.
Nos dejamos envolver por la tentación, renunciando a nuestro cielo interior porque el infierno es más fácil y reconfortante.
Nos resignamos a creer que somos lo que somos porque está en nuestra naturaleza. Que llevamos escrito en la sangre el autodestruirnos.
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